|
Su última
actividad como jugador la desarrolló en su club, 9 de Julio, al que
llevó a ganar el Torneo Provincial de Córdoba y le dio el ascenso a
la Liga B, de la que la institución participará en la temporada
2007/08. Ese último logró tuvo un premio especial y muy deseado por
el Lobito: jugó como compañero con uno de sus hijos, Juan Manuel, de
16 años, quien se perfila con un interesante futuro.
En su brillante trayectoria en la Liga
Nacional, a la que llegó con solo 21 años, Fernández disputó 16
temporadas y alcanzó 5 títulos. Comenzó en GEPU de San Luis, en el
que se coronó en 1991 y 1993, Atenas de Córdoba, Boca, con el que
fue campeón en 1997, Estudiantes de Olavarría, donde consiguió
los títulos en 2000 y 2001, para cerrar con sus pasos por
Estudiantes de Bahía Blanca y Quilmes de Mar del Plata. Además, con
el
equipo Olavaria, fue campeón
panamericano en 2000 y de la Liga Sudamericana en 2001.
Reportaje de La Voz (29/06/07)
-Si tuvieras que traer
a tu mente cómo empezaste a jugar al básquet, ¿cómo lo recordás?
-Mi casa estaba al frente del club. Me pasaba horas allí y en el
grupito de chicos que íbamos haciendo un poco de cada deporte que
había, se nos ocurrió ir también a básquet. Y nos enganchamos porque
era un deporte con el que se viajaba mucho en las categorías
infantiles. En ese tiempo el "Gordo" Albert, un dirigente enorme,
organizaba todo eso: nos llevaban a encuentros por todo el país y
nos entusiasmábamos mucho. Recuerdo mi primer viaje a Chivilcoy;
tenía 7 años.
-¿Cuándo te diste cuenta de que podías llegar muy alto y ser
figura nacional?
-Nunca. Ni al día de hoy te imaginás o asumís eso. No te das cuenta.
Sí creo que hay momentos claves. Para mí, uno central fue cuando
decidí irme de Río Tercero a San Luis, porque fue el quiebre. Era
tomar la decisión de jugarse para ver si en el básquet estaba mi
futuro o no. Tenía 20 años, pero de cómo me fuera en ese paso
dependía si era basquetbolista en adelante o a lo mejor me iba a
estudiar una carrera u otra cosa.
-Y pasaste de un club que era tu casa a otro (el Gepu de San Luis)
que quería ganar la Liga A...
-Sí. Ese año que yo llegué, Gepu recién había ascendido pero quería
hacer mucho ruido en primera. Yo tuve la suerte que el entrenador
era riotercerense, Daniel Rodríguez, y él quiso llevarme. Armaron un
equipo fuerte, de jugadores muy reconocidos, entre los que cuales yo
era el más desconocido. El primer torneo peleamos por el descenso
pero al siguiente se sumó "Pichi" Campana y otros y salimos
campeones de la Liga Nacional. No podía creer que a un año y medio
de haber dejado 9 de Julio era el base del campeón nacional.
-En los años de inferiores, ¿quién era tu ídolo?, ¿a quién te
querías parecer jugando?
-Mi ídolo era Oscar Diz, el base de aquellos años años de gloria del
básquet de 9 de Julio. Por ejemplo, yo en inferiores usaba el número
8, porque él lo usaba. Cuando llegué a mayores, él lo ocupaba y ahí
empecé a jugar con el 4, que desde entonces fue mi número de
camiseta siempre. Y luego, por deslumbramiento, Michael Knight fue
un tipo muy impactante para mí y creo que para muchos (Knight fue un
base norteamericano que jugó a fines de los ´80 para 9 de Julio).
-Algunos dicen que jugás parecido a él...
-No, no. Ven mal si dicen eso. Ojalá pudiera... Ese tipo tenía
demasiado talento para compararse.
-Y ya como jugador profesional, ¿quién te deslumbró?
-Me acuerdo que no podía creer que en mi segunda temporada en San
Luis venía a jugar en mi equipo "Pichi" Campana, que estaba en un
momento bárbaro, era deslumbrante de verdad. Encima, nos hicimos
amigos y compartimos muchas cosas juntos fuera y dentro de la
cancha. Al principio, uno vive deslumbrado por lo que va viviendo y
eso hace que uno no se mueva de ese círculo, de nada más que
básquet. Es como que los amigos y la vida pasan dentro de esa
burbuja. Luego, con el tiempo, te vas dando cuenta y vas corrigiendo
eso porque empezás a necesitar más contacto con el afuera, con otros
ambientes y que el mundo no sea sólo "tu" básquet.
-La selección nacional, ¿es como un asunto pendiente de tu
carrera?
-En lo interior, no, porque yo nunca me imaginé que iba a lograr lo
que logré. Visto ahora, te digo que sí, que me hubiera gustado
vestir la celeste y blanca en un torneo internacional. En realidad,
me convocaron dos veces a la Selección. En una me cortaron, porque
éramos 13 y debían quedar 12 en el equipo. Y en la segunda
oportunidad, la abandoné yo porque tenía un asunto familiar que
priorizar en ese preciso momento. Además, debo medir que mis mejores
momentos coincidían con la presencia de jugadores mejores que yo en
ese puesto, como Marcelo Milanesio, Richiotti, Montecchia, Pepe
Sánchez, entre otros grandes que se merecían estar.
-En ese nivel tan profesional, ¿el básquet pasa a ser todo en la
vida?, ¿lo fue para vos?
-El básquet me dio todo, un montón. Pero para mi lo central, antes,
es la familia. El básquet fue el medio para que pudiera tener una
vida muy feliz y darle a los míos un buen pasar y una experiencia de
vida diferente a la de la mayoría. El básquet es el terreno en el
que yo siempre me sentí cómodo, fue fundamental en mi vida, pero no
es lo más importante.
-De todos los técnicos que pasaron por tu carrera, ¿a cuál
recordás especialmente?
-A todos. Sería injusto nombrarte uno o dos. Hasta el que menos
tiempo tuve, o hasta de algún extranjero que ni hablaba castellano,
aprendí.
-¿Te ves como técnico, ahora que largás en ese rol en 9 de Julio?
-Estoy viendo si me veo como técnico. Todavía me siento más jugador
que técnico, ya lo veré con el pasar de los partidos. Mi idea es que
en dos o tres años voy o saber si quiero ser técnico y darle para
adelante o no. Ahora quiero ver cómo lo siento.
-Muchos grandes deportistas que dejan la actividad temen al vacío
que les queda. ¿Te pesa esto de la despedida?
-No. Me parece que lo asumo de la mejor manera posible. No me
angustia para nada. Yo siempre dije que debía dejar el básquet antes
que el básquet me dejara a mi. He escuchado de jugadores que decían
que el momento del retiro es cuando ya no tenés ganar de entrenar,
ni de estar en el vestuario, ni de viajar en el micro. Cuando eso,
en el último año en Mar del Plata, me empezó a pasar, hice el clic.
Me di cuenta que era mi momento.
-Y el último año en 9 de Julio otra vez fue una yapa...
-Sí, nada que ver. Fue como volver a las bases, a jugar porque te
gusta y no porque es tu trabajo. Cuando a nivel profesional hay
tantas presiones y cada partido rendís un examen para demostrar por
qué estás allí, muchas veces te olvidás para qué o cómo habías
arrancando a los 6 o 7 años. Y este año que jugué en 9 de Julio al
final, volví a sentir en la cancha lo mismo que a los 17 o 18 años,
y eso fue maravilloso.
Fuente:
http://basketconcepcion.blogspot.com y http://www.lavoz.com.ar |